Estéticas de la disidencia / Seguir es la única opción
Tierra Quemada de Teatro en Movimiento Callejerx en Valpo.
Después de la revuelta chilena de octubre de 2019 y el devenir político que la fuerza social produjo en ese entonces: la urgente propuesta por una salida constitucional por parte de los parlamentarios, seguido del desilusionante rechazo del texto, meses después, por parte de la ciudadanía; las calles de Valparaíso se han visto desoladas. Una suerte de abandono civil acecha el ánimo ciudadano. Entregados al sistema.
Buscando reponerse de un estado de abandono que se remonta a un pasado más lejano que el saqueo de las grandes tiendas, al caminar por la ciudad, es imposible no notar cómo el orden de lo cotidiano busca reanudar su marcha como si aquí nada hubiese pasado. No hay conciencia crítica de las implicancias políticas que nuestra mala gestión y escasa suerte nos depara. El temple de protesta, que para entonces parecía inquebrantable, se ha pulverizado, barriendo de polvo nuestros pies cansados de años protestando sin conseguir cambios estructurales amparados por el Derecho. Hemos bajado la cabeza. Agachado el moño, como se dice coloquialmente. No hay ánimos de lucha. Parece que la desidia ha sido más fuerte que el descontento, o bien, la derecha chilena hace un excelente trabajo. Ni un solo alarido, ni un mínimo quejido si quiera contra la aprobación del TPP11, por ejemplo. El desánimo sólo ha podido pasar un gol después de otro.
No es mi intención ser derrotista. Hasta que esté viva buscaré que mis acciones puedan ponerse del lado de las transformadoras, en vez de las conformistas. Pero debo reconocer que también yo caí en la desidia. Como muchos, pero quizá menos de los que creo, lloré desconsoladamente con el resultado del plebiscito del 4 de septiembre. He estado enojada no sólo con los que han sido denominados chilenos por vía de una ciudadanía concedida por este Estado soberano a punta del derrame de sangre; sino con la humanidad entera. ¿Cómo es posible haber desperdiciado la posibilidad que el Derecho por fin se pusiera al servicio de la vida y no de las grandes corporaciones y negociados?
Todo esto ha corrido por el rabillo de mis ojos tristes, mientras veo la cocina legislativa detrás de las últimas piezas jugadas en este ajedrez donde pareciera que todas las piezas son blancas. Todo esto, hasta ver la intervención de calle Tierra Quemada del colectivo Teatro en Movimiento Callejerx.
Perdóneseme la introducción, es larga pero, ¿qué hace una obra de arte si no es dialogar con su contexto? Fuera de las concepciones mercantilistas del Arte que buscan preservar una suerte de aura alrededor de las telas de los pintores que provienen de una herencia pictórica patriarcal histórica añeja, donde las obras no son más que objetos a contemplar pagando una entrada, a un metro de distancia y exclamando – ¡Oh! -; las expresiones artísticas son articulaciones estéticas que ensayan posibilidades de realidad. Potencialidades de lo humano. Buscan relaciones en los lugares simbólicos, sociales, emotivos, culturales, etc., que todavía no han sido dominados, o si lo han sido, los disputa. Por eso el énfasis en controlar la producción del arte en términos miméticos. Por eso la evasiva en la asignación directa de recursos para lxs trabajadorxs de la Artes, por eso tantas otras cosas… Pero eso ya es harina de otro costal. Mi introducción, más bien es una suerte de respuesta autómata incorporada para responder a las personas que no creen que el arte tenga otro valor más que el mercantil y preguntan – Ya, y, ¿qué tanto hace el teatro? – A lo que yo respondo imaginariamente, esto hace, revive a los muertos. Vuelve a instalar la pregunta por lo humano. Vuelve a recordarnos que estamos vivos, y que esta vida tiene que estar al servicio de lo vivo, y eso es un posicionamiento político.
Tierra Quemada
Teatro en Movimiento Callejerx
Entonces, ¿qué hace un teatro que está en movimiento callejerx? Desordena todos los intentos de volver a la reproducción del orden establecido. Pone en flujo y circulación el movimiento de los cuerpos del teatro, que son cuerpos que piensan en acción, que se articulan colectivamente, porque toda posibilidad de construir realidades, como propone Franco Biffo, “(…) se encuentra en el acto de compartir la proyección del significado, en la cooperación entre los agentes de la enunciación” (34), es decir, pone al servicio de lo común, lenguajes y formas para la(s) realidad(es) que queremos generar.
En ese sentido, la intervención de calle Tierra Quemada, presentada el pasado 8 de enero en las calles de Valparaíso, es un ejercicio de colectivización con todas sus letras. No esconde ni la rabia, ni la impotencia contra un modelo que insiste en perpetuarse. Es directo, pero también poético, por lo mismo instala su propio lenguaje. Estética de la resistencia como un ejercicio de re(insi)stencia y memoria frente a un contexto de olvido y desecho. La intervención, que partió en la Plaza O’Higgins, pasando por el frontis del Congreso Nacional y tomando las calles de la concurrida Almirante Montt, así como el bandejón central de Av. Argentina, para terminar en la explanada del Muelle Barón, es un recorrido con diferentes hitos que re-politizan el espacio público, arrojado a la desidia después de la derrota política constitucional.
Su inicio viene marcado por una comparsa de mujeres y disidencias caminando al mismo paso, al mismo ritmo con lanas en sus manos, bordeando el memorial a Bernardo O’Higgins, considerado el padre de la patria. Así, con gesto disidente y controversial, se inaugura la intervención, mientras el grupo vocifera coralmente: Somos una generación que se pregunta: qué es desaparecer en democracia. Qué es ver asesinatos en democracia. Instalando el problema, si vivimos en un Estado garante y de derechos, por qué no existen garantías constitucionales para quienes vivimos en él. ¿Cuáles son los intereses de esta patria herida y construida por los nombres del patriarcado histórico, y, por extensión, ¿Cómo confrontamos el enjambrado de asuntos públicos que exigen justicia, desde el nulo conocimiento del paradero de los detenidos desaparecidos de la dictadura, hasta los problemas de desigualdad medioambiental, acceso al agua, derechos básicos, y un largo etcétera?
El vociferamiento de diversas consignas y el recubrimiento de O’Higgins de lanas rojas es un gesto que pone en jaque la tradición política de la que somos herederos, es decir, la valoración sin resquemores de “los grandes héroes” de la patria, cimentadores del modelo que hoy debemos comernos a cucharadas. O’Higgins enmarañado, necesariamente debe conllevar un cambio de escenario. Así, el colectivo se alinea en la vereda, dejando ver los diversos utensilios que sostienen la performance: vestimenta negra con insignias políticas marcadas en blanco, megáfonos que llevan solo algunxs, lanas y cuadernos cuidadosamente manufacturados en el que se observan rostros de mujeres con consignas como “Por mí y x todas mis compañeras”, que son mostrados directamente a la audiencia. Ahora el colectivo aparece como un solo cuerpo que respira por vía de muchos pulmones. Un cuerpo conformado por muchos, que ponen al servicio de la lucha su aliento, su inhalación y exhalación en gritos que espero, no acallen nunca.
Entonces, la grupa, reunida ahora en una sola hilera se arroja a la calle, desplazándose hacia el frontis del congreso. Aquí, la calle deja de ser un mero espacio de tránsito para marcar el paso ajetreado del capitalismo posfordista, para convertirse momentáneamente en un lugar donde se pone en cuestión los ritmos de nuestra relación con nuestro hábitat, del ciudadano respecto a su propio Estado democrático y de Derecho. Esto queda en evidencia con la tela que se cuelga sobre las rejas del congreso, que versan “Contra su fuego represivo, Nuestro fuego emancipado”. Es decir, contra la irresponsabilidad del estado, la ira del pueblo.
Esta frase en particular, y, el recorrido por los distintos escenarios de la performance, deja entrever el hilo conductor de la narrativa performativa: la llama creadora que conecta el fuego transmutador de la rabia. El mismo fuego que pocos días antes había hecho desaparecer casi por completo el parque de palmeras nativas Kan Kan, con el fin de hacer de esos valles, un lugar para la construcción de un edificio gestionado por otra inmobiliaria más de la región.
Tierra quemada como devastación.
Tierra quemada como gentrificación.
Gritaba el colectivo mientras avanzaba por las calles del olvido, haciéndonos reflexionar, si Valparaíso, Alimapu, Tierra quemada, se abandona al olvido, ni siquiera las cenizas podrán recuperarse. El fuego, la rabia, la luz como una narrativa común para resistirse al uso de la tierra, al uso de lo común para el beneficio de privados.
De este modo, Teatro en movimientx callerjerx instala una estética disidente, que se dibuja entre acciones, el ritmo de un paso común de diversos cuerpos, desplazamientos, movimientos corales y vociferamientos que convoca cada vez más miradas y seguidores que acompañan la performance hasta su fin en el paseo de Muelle Barón. Ahí las performers se aproximan al público, contándoles diversos casos de dirigentes sociales y medioambientales, perseguidos o asesinadx por el estado chileno, sumado a la entrega de piedras escritas con diversas consignas, entre las cuales “justicia”, mientras otro grupo enciende palos sahumadores, citando las tradiciones populares e indígenas de estas tierras ensangrentadas y heridas.
Cabe mencionar que el trabajo de Teatro en Movimiento Callejerx siempre implica la colectivización de los problemas. Su metodología empieza a consolidarse a partir de 2018 con la intervención El conjuro de las brujas, realizado también en Valparaíso. En ese sentido, el mismo trabajo creativo implica un proceso con las participantes. Por eso, el colectivo realizó una convocatoria difundida en grupos feministas, teatrales, anarquistas que constituyeron fuerzas importantes para su realización. Para llegar a mostrar Tierra Quemada, se necesitaron de tres jornadas previas de trabajo de cinco horas, concentradas en prácticas de entrenamiento físico, voz, confección de vestuario, además del reconocimiento de las calles.
Todo lo anterior, como parte de una recurrencia: insistir en no olvidar, insistir en insistir, repolitizar la calle, volver a poner intención a los procesos políticos en marcha, no botar la toalla, recordar los proyectos políticos en curso y no olvidar los intereses económicos de las grandes empresas en ellos. Esto es lo que hace el teatro, instala la estética como una forma de poner en circulación ideas y de deseos. Lo que no puede la marcha, lo pueden las intervenciones, por eso necesitamos más presencias que muevan, cual temblor, las conciencias que todavía no deciden volver a dormirse para siempre.
Alejandra Sáez Araya
Creadora Escénica
Licenciada en Arte Teatral
Magíster en Estudios Culturales y Literarios Latinoamericanos
Doctorando en Literatura
Valparaíso, mayo 2023.V

Alejandra Sáez Araya
Creadora escénica, Licenciada en Teatro de la Universidad ARCIS, Magíster en Estudios Culturales y Literarios Latinoamericanos de la Universidad Católica de Valparaíso; Doctora c. en Literatura de la misma universidad, becaria ANID. Diplomada en Teatro Sensorial y Poética del Juego de la Universitat de Girona, España. Su trabajo aborda la relación entre Teatro y Territorio desde los diversos ámbitos de la teatralidad. Directora de la Fundación Escenas en Contextos. Ha desarrollado proyectos en Francia, Italia, España, India, México, Colombia y Palestina.
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